(341 pág.; Seix Barral) (1;
enero de 2017) (Premio Nobel 1998)
Cuarto libro que leo de este autor y, por no repetirme
mucho, sólo diré que es de la misma forma de escribir que los otros tres (ver Ensayo sobre la ceguera) que, aunque sin
utilizar el humor, también deja al descubierto debilidades de la religión (ver Memorial del convento) y que me costó
avanzar en la historia, aunque por motivos diferentes que en Todos los nombres.
En cualquier caso es Saramago puro, es decir, una persona
con un conocimiento exhaustivo de lo que habla y de una clarividencia que ya
quisiera tener más de uno que viste hábito.
Obvio es decir que la historia trata de la vida de
Cristo, por lo que no hace falta añadir nada más, pero es el detalle con el que
la presenta (y por eso se me hizo lenta hasta la mitad, más o menos) lo que le
da al lector una visión de la época que no suele tener y, lo mejor de todo, es la
cuarta última parte en la que brilla la racionalidad de su autor y te muestra
una lectura de la base de la religión cristiana que yo no habría llegado nunca
a concebir. Espléndido.
“El sol se muestra en uno de los ángulos superiores del
rectángulo, el que está a la izquierda de quien mira, representando el astro
rey una cabeza de hombre de la que surgen rayos de aguda luz y sinuosas
llamaradas, como una rosa de los vientos indecisa sobre la dirección de los
lugares hacia los que quiere apuntar, y esa cabeza tiene un rostro que llora,
crispado en un dolor que no cesa, ...”
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